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INSEGURIDAD Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN (Marzo 2009)
¿Cómo contamos los hechos policiales?
¿Como influyen esos relatos en la opinión pública?

“Te matan todos los días”. “Ya no se puede vivir”. “La inseguridad es el problema más grave que tiene el país”.
El papel de los medios de comunicación es decisivo en la orientación de la opinión pública. Esto no es bueno ni malo per se, después de todo, con la energía nuclear se puede hacer una bomba atómica o curar el cáncer. Es sabido el grado de penetración que tienen los periodistas en el pensamiento social, pero esta influencia se da de manera más contundente a la hora de difundir episodios delictivos.
En los últimos años, funcionarios del Gobierno nacional hablan de la “sensación de inseguridad”. Estadísticas oficiales dan cuenta que, frente a otros países de la región, Argentina no tiene índices delictivos altos o sobresalientes. Cualquiera diría que Chile y Uruguay, por caso, son países “seguros”. En efecto poseen tasas de homicidios más bajas que nuestro país, pero levemente menores.
Cada millón de habitantes, en Chile se cometen 52 homicidios por año, en Uruguay 53 y en Argentina 68. ¿Podemos decir que la diferencia entre un país donde “no se puede vivir” y un país “tranquilo” son 15 crímenes cada doce meses? ¿Qué decir, entonces, de Paraguay (184 crímenes por millón), Brasil (310 por millón), Venezuela (341 por millón) o Colombia (380 por millón)?(*)
Si la “sensación de inseguridad” que indudablemente tienen grandes franjas de la población no está sustentada en estadísticas, ¿en qué se basa? En la difusión constante de hechos delictivos, en secuencias mucho más extensas incluso de lo que el tratamiento de la propia noticia requeriría.
Un crimen repetido diez veces trasmite la idea de que los crímenes fueron diez y no uno. Sentado frente al televisor, a la radio o al diario, es razonable que el receptor de las noticias se sature de muerte y que, por consiguiente, crea que la asfixia delictiva lo deja sin aire.
De todos los puntos de vista con que el periodista puede abordar un episodio criminal, uno le está vedado: el asumir como propio el argumento de la víctima. El dolor de la víctima es incuestionable, incomparable, y el hombre de prensa, frente a ese testimonio, solo debe actuar con comprensión y empatía. Construir juicios (o peor, prejuicios) en base al dolor nos puede dejar acaso bien posicionados ante el público, pero jamás nos dejará el camino libre para contar la historia en todos sus términos, de la manera más amplia posible, evitando reduccionismos efectistas o posiciones demagógicas.
Nosotros también nos equivocamos. Todos tenemos, como decimos en una charla de café, “un muerto en el placard”. Nos cuesta resistir al archivo. Al menos yo guardo para mí varias (y muchas) notas de las que me avergüenzo, y que hoy hubiera querido resolverlas de otro modo. Se trata de asumir responsabilidades e intentar corregir el camino.
Para futuros textos dejo un tema no menor: ¿por qué reportar el tema de la inseguridad privilegiando, hasta el hartazgo, la descripción de sus consecuencias y olvidando el análisis de sus causas?
Vislumbro parte de la respuesta en una frase de un obispo brasileño, Monseñor Helder Camara: “Si les doy de comer a los pobres, me dicen santo. Si les pregunto porqué tienen hambre, me dicen comunista”.