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LA SABIDURÍA DE MI ABUELO (Cuento)
De cómo aprendí a entender la palabra "sinvergüenza".

a Don Miguel, el nono


Recuerdo a mi abuelo por varios gestos suyos que, a la hora de mirar hacia atrás, brillan todavía sobre los días de mi niñez.
Mi abuelo era retacón y con poquito pelo blanco en la cabeza. Me parece verlo de traje y chaleco, sin sombrero, y siempre con un toscano “Caburito” en la boca. Él me regaló una caja vacía de habanos para que la usara de canopla en la escuela, y por el aula me paseaba yo, orgulloso por el hallazgo, embriagado por el olor a tabaco que todavía conservaba la caja.
En su casa, cuando hacía frío, paseaba con una bata de lana que, para mis ojos de chiquilín, era como observar a mi abuelo caminar envuelto en una frazada. Cuando hacía calor, usaba pantalón largo de piyama y una musculosa blanca. Si lo pienso mejor, la musculosa también la usaba en invierno.
Si hacía mucho, mucho calor, el abuelo era capaz de hacer una pirueta que me dejaba boquiabierto: se sacaba la musculosa, se cruzaba de brazos y así, para mi asombro y admiración, movía hacia arriba y hacia abajo el músculo de su pecho derecho. También sabía mover las orejas, pero de grande vi a otros repetir esa gracia.
Mi abuelo estuvo en todos los momentos imborrables de mi infancia. Él, aún jubilado, hacía changas realizando cobranzas para varias oficinas. No sé porqué, uno de esos trámites terminaba por Chacarita. El abuelo vivía en Almagro, y me llevaba a mí a cumplir lo que bautizaba “diligencias”. Casi siempre tomábamos el 19 sobre la avenida Rivadavia, y bajábamos en Corrientes, frente a la plaza Los Andes. Otras veces, deliciosas veces, íbamos caminando desde su casa hasta el lugar del trámite, unas cuarenta cuadras. Tamaño sacrificio tenía premio: mi abuelo, con la plata que se ahorraba del boleto del colectivo, me invitaba una porción de muzarella y fainá en una pizzería de la calle Dorrego. A veces cambiaba la pizza por un triple de miga en los barcitos de la estación del tren. De esas ceremonias conservo aún dos costumbres: comerme una porción de fugazetta, de “dorapa”, cada vez que puedo, y doblar a lo largo los sandwiches de miga antes de pegarle el primer mordiscón.
Otras postales del abuelo también tienen que ver con la comida. Él me acompañaba a las clases de guitarra que yo, sufriendo la teoría y el solfeo, recibía en la academia “Rizutti”. Cuando terminaba la lección, íbamos juntos al bar de la esquina de San Juan y Sarandí. Allí probé por primera vez un mejillón que, sobre un platito, ofrecían en el boliche para acompañar las copas. Mi abuelo tomaba siempre lo mismo: el “vermucito”, decía. Pedía una “Ferroquina”, una soda y dos vasos. Al mío le echaba un dedo de Ferroquina, y le agregaba soda hasta el tope. El vaso quedaba espumante, yo lo tomaba despacio. “Hacelo durar”, me aconsejaba. Sobre esas mesas lucía otro de sus trucos. Agarraba tres escarbadientes y partía cada uno a la mitad. Juntaba los tres ángulos en un imaginario centro y sobre ese punto exacto dejaba caer unas gotitas del vermouth. Los escarbadientes empezaban a moverse, así, lentamente, movidos por un hilo invisible. Siento que este recuerdo sólo me importa a mí, que tiene magia tan solo para mis ojos. Esos escarbadientes girando se me figuraban como las agujas de un reloj que yo, entonces, deseaba que no corriese nunca.
El abuelo dejó en mí más marcas.
Me regalaba un chocolate para taza “Águila” antes de que yo atajara para el equipo de mi colegio primario. “Te va a dar fuerza”, me juraba. Cuando estaba de visita en su casa, prestaba atención al ruido del ascensor, cada atardecer. Cuando el ascensor se detenía en el “6to. B”, escuchaba al “canillita” dejar la “sexta” de “La Razón” en el picaporte de la puerta. De aquél diario, espiado por arriba del hombro de mi abuelo, aprendí mis primeras letras. De su radio Spika escuchaba yo los goles de Ferro. En aquel lejano tiempo en que todos los partidos se jugaban el domingo, él se “tiraba” a dormir la siesta luego de los fideos caseros de rigor. Conectaba a su radio un auricular blanco, para un solo oído, y dejaba reposar la Spika sobre la planicie que conformaba su panza en reposo. Rosarino de ley como era, seguía las novedades de Central. Cuando lo escuchaba roncar, sin mover la radio, desconectaba yo el audífono para poder escuchar así las noticias de mi amado “verdolaga”.
Todas las apostillas que mi abuelo escribió a los márgenes de mi historia no fueron, para mí, tan valiosas como aquella anécdota de una tarde lluviosa, en Adrogué.
En esa localidad bonaerense estaba ubicado el campo de deportes del Colegio San José, donde mis dos hermanos y yo hicimos la primaria. Jugaba el equipo de mi hermano Germán, en cancha grande, “la de 11” como la llamábamos. Yo estaba peloteando con unos compañeros en otra cancha, de rugby, vecina a la del partido que mi abuelo presenciaba, cuando escuché unos gritos.
Lo vi a mi abuelo entrando a la cancha, caminando hacia el referí con paso firme. Esos partidos los dirigían árbitros que se vestían de negro, como los de primera. Cuando me acerqué más, entendí lo que pasaba.
El juez había cobrado tiro libre directo para el equipo de mi hermano, pero dentro del área del equipo rival. La decisión violaba todos los reglamentos del fútbol. Cualquier infracción castigada con tiro libre dentro del área del equipo infractor tiene una sola consecuencia: penal.
Pero el árbitro no cobró penal. Cobró tiro libre directo adentro del área y así, el pibe que iba a patear tenía delante de la pelota una verdadera pared humana, que volvía al gol una mera utopía.
Mientras mi abuelo iba a enfrentar al hombre de negro para reclamarle lo absurdo de su accionar, espetó su primer calificativo: “¡Pajarón!”.
Ahí nomás sucedió el segundo hecho inédito en la memoria del balompié. El referí le sacó a mi abuelo tarjeta roja, convirtiéndose así en el primer aficionado expulsado de un campo de juego.
Esta acción terminó de desencajar a mi abuelo, que meditó unos segundos la respuesta oral que ofrecería.
Yo pensé en los insultos que podría oir, y especulé con la reacción que se podría escuchar. “Andá a cagar” la descarté, porque nunca se la había escuchado a mi abuelo. “Pelotudo” me pareció un poco insuficiente para la indignación que él sufría. “La c… de tu madre” nunca iba a pronunciar mi abuelo, por respeto a las madres que estaban viendo jugar a sus hijos.
“Hijo de puta”. Eso le va a decir, supuse yo.
“Hijo de puta” era un poco fuerte, pero ningún otro epíteto cuajaba mejor para la ocasión, algunos por muy fuertes, otros por ajenos al léxico de mi abuelo, en lo que ya era una situación que había desbordado a propios y extraños.
Fue entonces que una palabra surcó la tarde, imperceptible para todos menos para mí.
“Sinvergüenza”, espetó mi abuelo, poco antes de que mi viejo lo retirara de un brazo, el referí hiciera patear el tiro libre, y el compañero de mi hermano estrellara la pelota contra la muralla china de rivales que, a esa altura, no le dejaba ni ver el horizonte.
¿Por qué mi abuelo creyó que “sinvergüenza” era el peor calificativo que se podía verter sobre un hombre?
Muchos años después encontré la respuesta.
No hay ser más peligroso y repudiable que un “sinvergüenza”. Después de todo, el insulto “hijo de puta” más que degradar al insultado, busca desprestigiar a su madre, toda vez que el receptor de esa expresión no eligió nacer en el vientre de esa mujer señalada como meretriz.
El “sinvergüenza”, en cambio, recibe sobre sus hombros toda la carga de esa palabra.
El que no tiene vergüenza perdió el último tamiz que le quedaba para orientar sus actos, asumiendo que mucho antes olvidó también a su conciencia como elemento examinador de su conducta.
El que no tiene vergüenza de nada no es solo un osado, un despresjuiciado, un transgresor.
El que no tiene vergüenza se alista en el ejército que, enbanderado en el “todo vale”, arrasa como tropas al mando de Atila los cimientos más primitivos del comportamiento humano.
Argentina es una tierra colmada de sinvergüenzas.
Algunos no tienen vergüenza de robar, otros de matar, otros de mentir.
Algunos no tienen vergüenza de violar la ley en privado, cuando juran defenderla en público.
Algunos no tienen vergüenza de tolerar cualquier tiranía o desgobierno, siempre que esas circunstancias terminen favoreciéndolos.
Algunos no tienen vergüenza de olvidarse del que sufre, de menospreciar al más débil, de descartar al que no produce o no da ganancia.
Algunos no tienen vergüenza de permanecer indiferentes, mudos testigos de la degradación moral, social, cultural y económica de la mayoría de nuestros compatriotas.
Ahora que lo pienso, aquél referí fue el menos sinvergüenza de los que conocí después…
Otra vez regreso a la mesa dominical en casa de mi abuelo, tres décadas atrás.
Él termina los fideos que hace su mujer, la “Nona”. Veo como se sirve un vaso de “Crespi”. Mi abuelo corta un durazno, lo mete adentro del vaso y revuelve la fruta con su dedo meñique. Cansado, como sin esperanzas, suelta dos palabras que, muy a mi pesar, muy a su pesar, muy a nuestro pesar, retumban tan válidas hoy como ayer: “Pobre país”.