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LA FAMA Y LOS PERIODISTAS (Abril de 2009)
¿Sos famoso? ¿Sos conocido? No!!!!!! Soy periodista.

Extractos de un diálogo cualquiera, repetido con frecuencia:

-Soy periodista, digo yo.
-Ah… ¿Y sos famoso?, me preguntan.

La respuesta es lo de menos.

Ser “conocido”, ser “famoso”, pareciera ser un privilegio, un status envidiado por muchos. Los periodistas no estamos ajenos a esta situación. No es problema nuestro si los demás nos califican de acuerdo al grado de fama que tengamos. Pero sí es asunto nuestro si dirigimos nuestra tarea con el único objetivo de que, como me gusta decir, nos reconozcan en la cabina de peaje, en la fiambrería o haciendo la cola para sacar la entrada en un cine.

En los últimos tiempos, cualquier ejercicio de revisión de noticias en televisión va a concluir en una modalidad que se repite: los periodistas omnipresentes en cámara. La nota empieza con un periodista frente a cámara, continúa con la imagen del periodista recorriendo lugares y destinos, prosigue con el periodista en mitad de pantalla hablando con el entrevistado, que ocupa la otra mitad. Así, el informe se compone de muchos planos y palabras del periodista, y escasas intervenciones del entrevistado, al cabo el eje central de la historia.

Cuando contamos un episodio es de suponer que lo importante es el hecho en sí y la voz de sus protagonistas, no la participación del periodista. No siempre ocurre. Últimamente, casi nunca. Recuerdo una frase que, creo, nos orienta bien al respecto: “El periodista no debe ser el actor principal de la obra, le toca iluminar el escenario”.

Es difícil saber a qué responde esta nueva forma de contar noticias. Es probable que se busque identificar al trabajador de prensa con un determinado tipo de notas, para que el periodista se haga fuerte en su propio estilo. Ese es un esfuerzo loable. No creo, sin embargo, que el estilo se construya solo con apariciones en cámara. Esa sobre exposición no trae, de por sí, valores consigo. Sin contenidos de peso, sin poner a la historia y sus protagonistas en primer plano, a lo sumo se logrará que el periodista se vuelva conocido. “Famoso”, en el mejor de los casos. Será, supongo, un logro efímero.

La fama no es una medalla valiosa en sí misma, como tampoco el anonimato o el ostracismo presuponen prestigio alguno. La fama no es la meta, sino, a veces, una consecuencia del camino. Un médico que opera a corazón abierto a un bebé de tres meses no es famoso. El dinosaurio Barney es famoso. ¿No estaremos confundiendo la importancia de ser conocidos con el orgullo de ser reconocidos?

El doctor René Favaloro logró ser conocido y reconocido. Ese sería un espejo ideal para reflejarse. Pero en la ruta hacia ese ideal, la senda posible es la de trabajar con honestidad, responsabilidad y compromiso.

No es un desafío menor.