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POBREZA: TESTIGOS, OPINADORES, PROTAGONISTAS (Agosto 2009)
"¿Qué escándalo la pobreza, viste?"

Estaba el matrimonio mirando la televisión, en su habitación. Era tarde y sus hijos dormían en otro cuarto. Escucharon un susurro. Bajaron el volumen de la tele y se dieron cuenta que una de sus hijas decía “tengo frío”. No se levantaron a taparla. Los entretuvo una apasionada charla sobre el cambio climático, la calidad de las estufas de tiro balanceado y el manejo imperialista de los recursos naturales. El sueño los venció cuando sus discursos ya comenzaban a repetirse. Se fueron a descansar satisfechos por su ejercicio intelectual, orgullosos de su dialéctica. La hija amaneció con un resfrío.
La discusión sobre las cifras de la pobreza y otros “escándalos” plantea un escenario de miles de testigos, millones de opinadores y escasos protagonistas. El periodismo, mayoritariamente, acompaña esta rutina casi lisérgica: se publican estadísticas, se agregan repercusiones, se especula con golpes bajos (“Pedrito sobrevive cocinando lombrices a leña”) y se evita preguntar porqué los pobres llegaron a serlo, quién o quiénes los condenan a no salir jamás del abismo y quiénes intentan alternativas para que escapen de la trampa.
¿Qué queda para “la gente”?
Para evitar caer en abstracciones e interpretaciones vanas, propongo reemplazar a la “gente” ( concepto frío, distante, ajeno) por la palabra “nosotros”.
¿Qué queda para nosotros?
¿Qué papel jugamos nosotros en este desastre?
Es mucho más cómodo explicarlo de este modo: nosotros no tenemos nada que ver, somos decentes, no robamos, y, ciertamente, nos preocupa mucho el asunto, tanto que solemos tener el tema en nuestras discusiones diarias; ocurre que, desde hace mucho tiempo, el oficialismo, la oposición, los políticos, los militares, la iglesia, los medios (marque su opción de preferencia), en fin, un subterráneo y mixto grupo de elite se empeña en hacerle daño al país, que si no fuera por eso podríamos alimentar a 300 millones de habitantes, y seríamos una Patria grande, viste que el argentino es muy solidario, lastima los de arriba…
Ya está. El problema no es más nuestro, y la solución dependerá siempre de otros.
Creo indispensable un análisis exhaustivo de las causas profundas de la pobreza, de sus antecedentes. Es impostergable ubicar con nombre y apellido a los grandes culpables de la iniquidad cotidiana. No merecen ser indultados ni deben ser olvidados.
Mientras tanto, sugiero, démosle una moneda al limpiavidrios. Agarremos el volante de la piba que los reparte en la esquina. Acerquemos un poco de leche y arroz al comedor de acá a la vuelta. Tengamos el coraje de preguntar, alguna vez, si alguien necesita algo de nosotros… Transformemos las ideas en acción, y la acción en compromiso estable, que no dependa de las variables de la emoción o la voluntad. Sintamos al prójimo próximo. Sin heroísmos, sin actitudes épicas, preferentemente en silencio y con discreción.
Ya se.
“Lo hacés para lavar tus culpas”, “yo pago mis impuestos y es el Estado el que debe asistir a los más necesitados”, “a mí nadie me regaló nada”.
Una frazada en una tienda mayorista del Once sale 22 pesos.
A muy pocas cuadras de nuestras casas, alguien tiene frío.
“¿De qué sirve darle a uno, si los que necesitan son millones?”
Que responda el chico que, al menos una noche, duerme abrigado con una frazada, como nos gusta que duerman nuestro hijos.