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FALACIAS SOBRE LA "DROGA LIBRE" (I) (Setiembre de 2009)
El periodismo, a veces, también narcotiza.

Bienvenidos al reino de la droga libre, lo vi en la tele. Argentina, a solo golpe de pluma, se convierte en un paraíso de los narcóticos, aptos para todo público y listos para consumir, sin reprimenda, en plena calle. Un grupo de jueces se arrogó el derecho de jugar con nuestra moral. Es verdad, escribieron unas 900 páginas para exponer sus argumentos, pero a nosotros no nos engaña tanto palabrerío: el crisol de razas, la tierra de los cuatro climas, el país derecho y humano se vuelve esclavo del narcotráfico.
Los periodistas, rápidos de reflejos, labradores del escándalo, socios de la polémica, se aggiornan a la novedad y por un rato (sólo por un rato) dejan, ante un delito, de preguntar primero “¿eran menores?” para sustituir el interrogante por un “¿estaban drogados?”. Por suerte, la realidad aporta una de cal y otra de arena. Ya las bandas de delincuentes no tienen “objetivo: jubilados”, las muertes de modelos por anorexia han desaparecido, los micros doble piso encaran todas las curvas a 50 kilómetros por hora y los chicos de “Fuerte Apache” ya no se divierten matando gendarmes.
Una modelo se murió en Brasil antes de un desfile, y se pronosticó una seguidilla de muertes y se pesó a las chicas de Pancho Dotto en balanzas ubicadas debajo mismo de la pasarela. Un micro doble piso volcó, y todas las unidades de ese tipo se convirtieron en inexorables trampas mortales. Un jubilado fue asaltado hoy, y otro hace seis meses, en episodio definidos como “ola de robos a la tercera edad”. En “Fuerte Apache” mataron a un Gendarme en los últimos 40 años, pero un chico descerebrado por el “paco” dijo que se divertían matando uniformados y todos compraron el argumento, sin detenerse a pensar que si un grupo de delincuentes se entretiene matando a personal de seguridad y hubo un solo asesinato de ese tipo pueden pasar dos cosas: o la declaración del chico es una tontería, o sus compañeros de matanza se divierten bastante poco.
Así como tras el juicio de Cromañon la catarata de analistas y opinadores se puso en marcha aún cuando los jueces ni siquiera terminaban de leer el fallo, lo resuelto por la Corte Suprema se sometió a críticas sin que nadie se molestara en leer los fundamentos de la resolución. El fallo de Cromañon tenía unas 2500 páginas. El de la Corte, unas 900.
Lo dispuesto por el máximo tribunal se basó en un razonamiento: un consumidor está enfermo, y los enfermos se curan en hospitales, no en cárceles. Así, no se liberó ni se avaló ni se impulsó la adicción a narcóticos. Simplemente se cambia una conducta solo punitiva, procurando aplicar una política preventiva, donde el Estado tiene el deber indelegable de asistencia.
El fallo, además, no habla de “todas las drogas”, sino que se refiere a un episodio en particular (ocurrido en Rosario), con una droga en particular (la marihuana) y sobre una cantidad específica (3,5 gramos). No es la Corte Suprema la que dicta las leyes. Hasta ahora, sigue vigente la Ley de Estupefacientes, por lo que si en cualquier esquina la Policía detiene a un chico con un cigarrillo de marihuana, podrá imputársele un delito, podrá ser sometido a juicio y podrá ser condenado. Se supone que la defensa del acusado esgrimiría el fallo de la Corte como antecedente para que no se lo castigue. Todo demandaría unos tres o cuatro años, tiempo en el que, se supone, el Parlamento debiera intentar cambios en la ley.
Es materia opinable la despenalización de la tenencia de drogas para uso personal. Ocurre que el tema está mal planteado, o planteado falsamente a propósito: la Corte no auspicia ni publicita el “a consumir que se acaba el mundo”. El máximo tribunal exhorta al Estado a que, como premisa general, no pene a aquél que consume en ámbito privado sin generar peligro a terceros. Propone que se trate a los adictos, y entiende que el consumidor debe rehabilitarse en centros específicos y no en una penitenciaría.
Sobre estos conceptos, todo puede discutirse. Pero la discusión no puede nacer con premisas falsas o mal intencionadas.