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¡QUÉ ESCRACHO! (Abril de 2010)
"Las ideas no se matan",dijo Sarmiento.
"Ni se discuten en un afiche", agrego yo.

Cuando era más joven, decir que alguien era “un escracho”, era sinónimo de calificarlo como “muy feo”. A fines de los ´90, el término mutó en “escrache”, sustantivo utilizado para describir la acción de hacer visible una cosa oculta, anunciar un “acá está lo que no se sabía que estaba”.
Los escraches, ya sin comillas, se dirigieron a avisarle a la sociedad dónde vivían represores enjuiciados o condenados por su conducta durante la Dictadura.
Después, la metodología se extendió a otros rubros.
Ahora, apunta a algunos periodistas.
La diferencia entre estos escraches y aquellos, los del principio, es contundente: al escrachar, se trata de sacar de la oscuridad lo que pretendía esconderse. Entonces, se le decía al vecino: “Usted no lo sabe, y debe saberlo. Acá vive Videla, enjuiciado y condenado por su actuación en la Dictadura”.
Los escraches recientes (y los no tanto, como los que sufrió Estela de Carlotto y Leon Gieco por los padres de Cromañon o los que recibio el diputado Rossi por parte de “el campo”) se parecen más a la venganza. No parecen fundamentados en revelar lo que se desconoce: todos sabemos quienes son y que opinan los periodistas del famoso afiche.
Todo análisis profundo y serio se ve desvirtuado, además, desde la torpe maniobra: es muchísimo mejor plantear debates, documentarlos y fundamentarlos, que simplemente, generar escándalo que, incluso, lejos de fomentar la discusión, reemplaza al intercambio de razones por posturas victimizantes.
Antes que me acusen de defensas corporativas, de cobrar sueldos de multimedios, antes de que me incluyan en el cada vez más abarcativo “hacerle el juego a la derecha”, aclaro: No defiendo la vida profesional de los aludidos en el afiche. Es más, considero imprescindible que los periodistas nos sometamos a las propias críticas que le hacemos a los demás y considero vital que tengamos a mano el archivo para saber que tanta coherencia hay entre lo que decimos arriba del púlpito y lo que hacemos con nuestra propia carrera profesional cuando se apagan las cámaras y los micrófonos.
Me parece peligroso, entre tantos peligros de los tiempos que corren, que los escraches suplanten a la discusión de las ideas. Discutamos, hagamosnos cargo de lo que somos, de lo que hicimos, de lo que hacemos y de lo que no hacemos. Pero no desde una pancarta, o subido a una silla para gritar más fuerte que el que está enfrente.
Entre otras cosas, para eso nació este espacio.