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¡CUIDADO LA OLA! (Agosto de 2010)
La marea (des) informativa nos hunde.

El peor final.
Afrontamos la ola del ataque de motochorros a mujeres embarazadas, matizada por otra ola, la de las salideras. Imagino al congreso de la actividad delictiva votando a mano alzada:

-¡Compañeros! Terminada ya la ola de asaltos a jubilados, propongo ahora atacar a embarazadas, dice un delincuente.
- Apoyo la moción del compañero, sostiene otro.
-Se vota.
-¡Un momento!, interrumpe uno. ¿Y con los countries que hacemos? ¿Nos bajamos de esa ola?
-Olas, lo que se dice buenas olas, eran las de las pirañitas, cuando atacabamos a la gente en la autopista que cruza la villa, se mete un veterano…
-¿Y te acordás cuando hicimos la ola de las piedras desde los puentes peatonales de la autopista? Eso sí que funcionó, si vinieron todos los móviles de la tele, acota un nostálgico.
-Lo que nos mató fue la ola de los accidentes de micro doble piso, porque las cámaras que venían a cubrir nuestros asaltos seguían de largo hacia la primer curva donde encontraban un colectivo volcado.
-Momentito, que tuvimos buen rating cuando nos disfrazábamos de choferes de taxi y afanábamos por el microcentro, terció un ladronzuelo.
-Vos, le increpó un colega, porque aprovechaste a drogar a una piba con ketamina y… ya sabés…
-Terminen, che, moderó un moderado. Además, eso terminó saliendo mal, porque una de las victimas de la ola de taxistas que drogan a las pasajeras con ketamina tuvo la mala suerte de atacar a una modelo que, a la vez, sufría la ola de anorexia y, para peor, cuando fue a atenderse al hospital, no pudo llegar rápido porque estaba la calle cortada por un operativo policial ante la ola de asaltos a edificios.
-Lo malo de las olas es que vienen y van, se metió uno con ganas de votar enseguida.
-No veas solo el medio vaso vacío, replicó el delincuente que leía libros de autoayuda: Pensá, dijo ceremonioso, que siempre va a haber una ola nueva que nos permita seguir con el oficio.
-Cuarto intermedio hasta mañana, terció el presidente de la Asamblea. Es que estoy apurado, se hace de noche, y como vivo por Cañuelas, tengo miedo que me agarre la ola de "niebla asesina".

Recuerdo que en Caballito no se podía vivir porque todos los días se mataban entre estudiantes de los colegios Vieytes y Huergo. Acabamos de pasar la ola de la “previa” descontrolada, que un día estaba complementada por la ola de charters que juntaban a los pibes en la puerta de un colegio para ir a bailar y que, durante el viaje, eran extorsionados por el chofer que les ofrecía drogas a cambio de sexo dentro mismo del micro, conducta agravada por la ola de la “jarra loca”, apoyada en la ola de “clases de brebajes por internet”. Una vez, hubo una ola de asesinatos a gendarmes en Fuerte Apache, a los que los pibes asesinaban (dijo la tele) “por diversión”. (Nunca antes, nunca después, mataron a otro gendarme en idéntica circunstancia, se ve que los asesinos se divertían poco). Nos acaba de mojar los pies la ola de muertes por colectivos, en la que la marejada arrastra, con igual esmero, al colectivero que atropella a un chico, al motoquero que se lleva puesto un micro por cruzar en rojo o al viejito que se golpea la mano cuando un colectivo lo roza al doblar despacito en la esquina de un Shopping. ¿Vieron que cada vez que hay un hecho violento en un barrio, detrás de la crónica del episodio, viene después el informe “Palermo miedo”? (Reemplácese “Palermo” por el barrio que se desee) ¿Todos esos “barrios de miedo”, cuando se apagan las cámaras y pasa la ola, siguen siendo lugares de temor?
Este texto solo pretender prevenir. Las olas nos llegan hasta el cuello, estemos atentos.