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OBRAS MAESTRAS DEL TERROR (Marzo de 2012)
La fábrica de noticias hace escuela.

Primer acto: los medios alertan sobre una seguidilla de delitos (secuestros y robos) en una escuela de Banfield.

Segundo acto: la cobertura mediática, ese día, sobreabunda en títulos del estilo “Inseguridad sin límites”, “Ni a la escuela se puede ir tranquilo”, “Con los chicos, no”.

Tercer acto: la crónica se completa con testimonios de testigos de testigos de testigos. Frases que comienzan con “Yo no ví lo que pasó pero…” y que se completan con el relato del relato de lo que alguien escuchó en la calle, en la radio o en la tele.

¿Cómo se llama la obra?

“Obra maestra del terror”.

Cuando la estampida periodística abandona la escena (¿del crimen?) rumbo a otras tierras, muchas veces la verdad queda sepultada. La otra “verdad”, entendida como lo que sale en los diarios, la radio y la tele, goza de buena salud, ya fue asumida por la mayoría de los espectadores como “la realidad”. Hubo (y hay, porque las olas siempre llegan para quedarse) una larga serie de delitos que afectó a maestras, padres y alumnos de una escuela de Banfield. Así fue. Así se informó. Y punto.

Poco importa si, específicamente, la directora del colegio fue asaltada en su casa, no en un aula o en su despacho. Menos importa aún si el robo fue el 29 de febrero, un mes antes de que la televisión le haya dado el rótulo de “actualidad”.

Poco importa si la otra denunciante, una docente, fue abordada por ladrones a ocho cuadras de la escuela, cuando llegaba a la casa de su suegra, una semana antes de que los móviles de TV acudieran a entrevistarla.

La ola ni era actual ni estaba vinculada a la “inseguridad escolar”.

Si seguimos dando examen así, estamos condenados al aplazo.