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MANOS A LA -POLÉMICA- OBRA (Noviembre de 2012)

La “polémica” es al periodismo lo que el microondas a la cocina.

Uno llega a su casa, hambriento. Abre la heladera y se encuentra un pollo. Tiene dos opciones. Puede cortar papas, unos morrones y unas cebollas, cubrir con mostaza la piel y ponerlo al horno bajito, hora, hora y media. Pero si no puede esperar, si el apetito lo supera, lo pone al microondas y en media hora ¡listo el pollo! Al horno, sale más rico, pero hay que tener paciencia. Si se trata de consumir, de saciarse lo antes posible y como sea, pues el microondas resultara útil, aunque el plato tenga un insípido gusto a hervido.

En el mundo de las noticias, la polémica lo resuelve todo velozmente. No se buscan los argumentos profundos, porque el debate de esas ideas lleva tiempo y, se sabe, en televisión el tiempo es oro. Se persigue, así, la senda que conduzca al sentimiento desbordado, a la indignación fácil, al encantador eco de la turba.

Los medios hablan de una “polémica” obra de teatro en Santa Fe.

Un grupo de chicos de 7, 8 años, montó una escena de cuatro minutos. Una chica necesita comprar dólares para sacar de la cárcel a su hermano. Un chico le replica que la Presidenta achicó la cantidad de dólares que se pueden comprar. La piba se pregunta cómo una Presidenta puede resolver eso y propone hacer un cacerolazo.

Se produce el siguiente diálogo:

El chico: Yo pienso que es una idea justa, calmate un poco. Nuestro país maneja el peso y pensar en nuestra moneda es algo muy lógico.

La chica: Deja esas ideas de patriotismo barato. Deja esas ideas de patriotismo barato. ¿Acaso estas de acuerdo con lo que le hicieron a los pobres españoles quitándoles el YPF?. Esta Presidenta lo único que piensa es en la gente pobre ¿y que hay de los ricos?... Me di cuenta que vivo en un país donde solo se piensa en la gente pobre, reciben planes que lo único que hacen es fomentar la vagancia, pero no más.

La obra termina con este mensaje: “No pensar en los pobres y no perseguir la justicia, ¡ojo!, pueden matar un país. Valoremos lo nuestro y seamos libres por fin”.

El análisis periodístico se centró en el concepto de adoctrinamiento.

Queda en segundo plano que el acto se realizó el 9 de julio pasado, y que ningún miembro de la comunidad educativa se quejó.

Queda en tercer plano una discusión clave: ¿qué es la escuela? ¿Acaso un ámbito de sola administración de contenidos verticales, con el alumno pasivo, mero receptor?

Queda para el cuarto plano los valores que, a diario, se le brindan a los chicos desde la misma televisión que instala la polémica. Sin que nadie –casi nadie- se indigne, los pibes están convocados a soñar por bailar, a celebrar Haloween, a mirar crímenes y violaciones a la hora del almuerzo y la cena.

Queda para quinto plano el argumento de la obra: pensar si vale la pena o no ser libres, defender lo nuestro, si es atinado o no suponer que los planes sociales “alimentan vagos”.

Todo es opinable, discutible. Pero la polémica, otra vez, pone el árbol delante del bosque, hasta que, es inminente, otra polémica sepulte la anterior. Perdemos la oportunidad de enriquecernos con ideas profundas, comemos sin masticar el pollo al microondas y creemos que estamos con la panza llena, sin pensar que nos seguimos alimentando mal.