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LECTURAS CRIMINALES (Noviembre de 2012)

Hace días, una mujer uruguaya, desde Israel, en tierra vecina a la Franja de Gaza, relataba el drama de los bombardeos, la rutina cotidiana signada por el peligro, la sirena que, cuando sonaba, daba apenas 15 segundos para ir corriendo a un refugio.

Debe ser difícil acostumbrarse, preguntó el periodista. "No crea, mis hijos no estarían más seguros en la Capital Federal, con todo lo que pasa", respondió la mujer. Desde uno de los puntos más violentos del planeta, ella aseguraba que peor que eso, que esas bombas, que esos misiles, que ese miedo, peor que eso era, por caso, pasearse por las callecitas porteñas. Lo que esa mujer sabía de la ciudad era lo que algunos medios le informaban.

¿Cuál es la noticia de hoy? Depende el medio. Uno, en tapa, anuncia que crecieron los crímenes en la ciudad. Otro, que bajaron un 40% los crímenes en ocasión de robo. Ambos datos son técnicamente ciertos, pero los diferencia un matiz: el primero incluye, por ejemplo, riñas callejeras, peleas familiares. El segundo, repara en los episodios puramente delictivos.

¿Si en Nochebuena el cuñado del dueño de casa le parte en la cabeza una botella de sidra Rama Caída al hermano de la novia de la vecina porque, notoriamente, le miró los pechos a su esposa, es un episodio de inseguridad? Claramente, no. Pero un surtido equipo de móviles en vivo para la TV, replicados en los programas de radio matutinos, instalarán “HORROR Y MUERTE EN NOCHEBUENA”.

¿Mienten? Técnicamente, no. Pero incluyen en la secuencia delictiva a un problema insoluble para el Estado: ¿acaso la próxima Navidad habrá que contratar un policía en cada mesa, previo informe “ALERTA BRINDIS”?

Las muertes en ocasión de robo descendieron. Un mito, el de “te matan todos los días para robarte”, se desvanece. Cada muerte es un dolor personal e intransferible. No hay debate posible con los heridos de esa tragedia. Para el que la sufre, esa muerte será “todas las muertes”, y no hay quien pueda objetar eso. Pero las políticas de seguridad urbana requieren un tratamiento más abarcador, que no se agote en lo que una mamá, un papá pueda, en todo su derecho, considerar.

De los 129 imputados por homicidio en el 2011, solo dos son chicos menores de 16 años. “Hay que mandar a los pibes a la cárcel, te matan desde la cuna”, reza el mito. Cae el prejuicio: los menores imputados fueron el 1.5% del total. “Abrimos la frontera a negros delincuentes”, concluye otro mito. En el 2011, del cien por ciento de crímenes solo el 14% fueron imputados a ciudadanos de países limítrofes.

Los datos pertenecen a un Departamento de Investigación de la Corte Suprema de la Nación.
Convocan una vez más a que nosotros, los periodistas, seamos responsable en el manejo de la información, esas noticias que, de acuerdo a cómo se emitan, podrán convencer –o no- que es más seguro estar en la Franja de Gaza que comiéndose una porción de muzzarella con fainá en Las Cuartetas.