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EL ESTADO DE LAS COSAS (Abril de 2013)

“Vino algo y lo arrasó”, cantaba León Gieco, hace unos 30 años: “La tragedia no se siente hasta que no golpea a tu puerta, todos estamos expuestos aquí, para lo peor o lo mejor”.

Gran tragedia, honda tragedia.

Un día no tenés nada. Y no fue tu culpa. Te echaron de la fábrica, te pusiste un remís. Plata para morfar, poca. Para remedios, no. ¿Vacaciones en Santa Teresita? Menos. Los chicos piden zapatillas. “Aguanten un poco más”, decís, mientras le volvés a pegar la suela con supranbond.

Nadie toma remis, che. Las expensas del departamentito, impagables. “El tío tiene un terreno en José León Suárez”, te chusmean. Tristes valijas. Ni asfalto, ni cloaca. Después, ni techo de material. Mirás y te das cuenta que te tapó el agua.

¿Qué hacer cuando inunda la pobreza?

Otras tormentas, las del clima, se resuelven –se intentan resolver- por la masiva ayuda social.

Nadie se le ocurriría decir que los inundados, los inundados de agua, son vagos que solo esperan los beneficios del asistencialismo. ¿Por qué decimos eso de los inundados de la miseria? ¿Por qué se reclama que el Estado asista a unos pero se reprueba que el mismo Estado auxilie a otros?

Bendita la solidaridad que no viene de visita, sino que llega para quedarse en nuestros corazones, siempre al lado de los que más sufren.