quien soy Mi carrera laboral
Trabajos en TV contacto
 

VERDAD DE VERDADES (Marzo 2009)
¿Qué decimos los periodistas cuando juramos decir la Verdad?

“Los periodistas decimos la verdad”. La afirmación no solo es pretenciosa sino, además, falsa. La “verdad”, en su significado más profundo, es un elemento imposible de aplicar en nuestra tarea cotidiana.

Cuando somos testigos de un hecho y empezamos a contarlo, el episodio, en abstracto, ya se desdibuja y toma otra forma, moldeada por nuestro par de ojos.

Cada vez que iniciamos un relato no estamos solos. Están con nosotros los conceptos que adquirimos en nuestra infancia, los valores que incorporamos como propios en nuestro crecimiento personal, nuestros recuerdos, nuestra experiencia de vida, nuestros prejuicios, nuestras dudas y, por sobre todo, nuestro desconocimiento de una inmensa mayoría de temas.

Un choque con heridos, el asalto a un banco, la gesta heroica de un atleta, el ejemplo solidario de una familia, la falta de medicamentos en un hospital, las aulas sin calefacción en una escuela, estas y otras historias llegarán al televidente, al lector o al oyente con la carga de subjetividades que cada periodista (y al cabo, cada hombre) lleva consigo.

Imaginemos que un grupo de amigos, supongamos diez, va a ver una película al cine. Cuando salen, se les pide a todos que, cada uno por separado, tome una hoja y escriban el argumento de la historia que acaban de presenciar. ¿Acaso los diez amigos redactarán el mismo texto, lo empezarán y terminarán igual, harán incapié en las mismas escenas? Es imposible que los diez coincidan. Y si es así ¿todos mienten? No. Cada uno de los que vió la película cuenta “su” verdad, acorde a lo que percibieron en la pantalla grande, sí, pero desde lo que cada uno es desde su individualidad.

Los periodistas no decimos “la verdad”, decimos “nuestra verdad”.

¿Qué les queda entonces a los que reciben nuestras noticias, huérfanos de esa verdad con mayúsculas, sujetos a la parcialidad, explícita o no, del relato que le ofrecemos?
Les queda confiar.
Confiar que lo que uno le cuenta es, sino una verdad absoluta, una historia revelada en forma honesta. ¿Honesta con quién? Honesta con nosotros mismos, defendiendo los valores en los que creemos y recalcando aquello que entendamos pueda ser más provechoso para el que reciba el mensaje.
Esta confianza no se genera rápido ni de manera sencilla. Se gana día a día, sometiéndonos a examen permanente, demostrando que seguimos una misma línea de pensamiento, de creencias, de objetivos, cada vez que hacemos una nota.

¿Dónde se refugia la “Verdad”, así, con mayúsculas?
Podríamos adjudicarle tal honor a las matemáticas, toda vez que es una verdad indiscutible que dos más dos es cuatro. Pero tuve que abandonar sigilosamente este argumento desde que leí un reportaje que le realizaron en el año 2007 a un catedrático de la Universidad de Madrid:

Dice el periodista: Damos por hecho que dos más dos son cuatro, pero en la vida real muchas veces no se cumple con esta afirmación.

Responde el matemático: Es verdad. Dos más dos no son necesariamente cuatro. En el mar, por ejemplo, dos olas que se juntan con dos olas pueden generar una ola enorme que no es la suma de las dos anteriores.

Parece que un tal Fibonacci, en el siglo 13, había dicho que “es más probable que dos más dos esté más cerca de 5 que de 4”. Descartes, Fermat, Gauss y Frege son apellidos de un grupo de filósofos y matemáticos que, con sus tratados y teorías, se permitieron cuestionar ciertas “verdades” en torno a una de las operaciones más básicas de la aritmética.

No quiero espantar a maestros y alumnos, ni tampoco a periodistas y lectores, televidentes ni oyentes.

Les cuento lo que yo entiendo que es nuestra relación con la célebre “verdad de los hechos”. Como las palabras de aquí arriba están de acuerdo a lo que creo, a lo que pienso, a lo que conozco del asunto, a lo que aprendí de chico y de grande, puedo decir sin dudar que estas líneas que acabo de escribir son decididamente (mi) verdad.