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Soy periodista. Algunas veces me dicen “notero”, otras “movilero”. Mi recibo de sueldo me llama “auriconista”, sustantivo que nació hace unos 40 años, cuando los primeros hombres de prensa que trabajaban en televisión llevaban en sus manos un micrófono marca “Auricón”.
Para evitar definiciones de diccionario, creo que un periodista es alguien que cuenta historias y que, a diario, difunde hechos que, supone, merecen ser conocidos. 
Yo no digo la Verdad, escrita así, con mayúsculas. Mi verdad (verdad mía, así, con minúsculas) nace de un laberinto de subjetividades: los valores que adquirí en mi niñez, mi educación escolar, mi experiencia de vida, mis prejuicios, mis dudas, mi ignorancia en una larguísima lista de asuntos.
Cada palabra que digo o escribo está cargada del hombre que llevo puesto. Cuento lo que veo, pero veo con mis ojos, que no pretenden ser los ojos de todos, ni persiguen una mirada lineal, uniforme. Así, frente a una cámara o delante de una hoja en blanco, solo trato de ser honesto en mi relato. Honesto conmigo, primero. Honesto con el que me escucha o me lee, después.
Entiendo que mi trabajo debe estar al servicio de los que menos posibilidades tienen de hacerse oír.   
Opino que el periodismo tiene, hoy, una desmesurada influencia en la sociedad. Advierto que la coyuntura nos obliga a ser cada vez más responsables en nuestra labor cotidiana. Cada vez son más aquellos que asumen que “la realidad” es solo lo que reciben de un diario, una radio o un televisor.
Puesto a asumir el rol (a mi criterio, equivocado) que los tiempos nos imponen, juzgo imprescindible una autocrítica profunda de nuestra actividad y para eso abro este espacio.
Ojalá mirarnos hacia adentro nos vuelva mejores.

Diego Pietrafesa